Hábit

He aprendido a amar mi casa como hábitat. Después de varios meses por fin cedí a que ese espacio, creado por mí, debería ser tan amado como alguna vez lo fue mi auto. En el me he visto crecer, aceptar mi rutina no rutinaria. Hacer café por las mañanas para tomármelo frío a medio día, o hacer la comida de las seis de la tarde porque es a esa hora en la que me da hambre. Tuve que aprender a amar este espacio como mío, porque no me quedaba de otra, porque aquí estoy 24 horas al día todos los días. A veces, me desespero, como cualquiera, o mínimo eso me gusta pensar, porque no hay nadie que sobreviva esto sin hacerse una rutina no rutinaria. He aceptado nuevas actividades que nunca pensé posibles, porque yo no era una mujer que hacía de comer, o que limpiaba el baño, o que dejaba de manejar a diario. 

         Me costó trabajo cederle el espacio de mi auto, el espacio más mío, el más intimo que tenía, a una casa compartida. Por un tiempo dejé de tener espacio personal, pensé que no lo necesitaba, que el objetivo de estar en casa todos al mismo tiempo era convivir todo el día como nunca habíamos podido hacerlo. Pasaba todo el día con mi madre ocupándonos en esas tareas de la casa que antes no nos interesaron, como organizar el cajón de los tuppers y reorganizar la ropa del closet. Empecé a volverme un poco loca porque el espacio de mi cuarto ya no se sentía tan cómodo como antes cuando llegaba después de horas en el auto atorada en tráfico a descansar. Comencé a verlo con otros ojos, a odiarlo de a poco. No me daba la gana cambiar nada de lugar, pero estaba yo ahí en plena metamorfosis y el espacio seguía igual. Hubo semanas que bajaba a sentarme en el auto apagado, imaginándome en carretera o en el tráfico para regresar a mi, para volver a sentirme. Los vecinos pasaban en sus caminatas y me veían con caras de espanto y de tristeza, fue ahí donde decidir comenzar estas rutinas no rutinarias. Ideé esta nueva manera de comenzar las noches y quizás esas banalidades de quitarme los aretes antes de meterme a la cama, de lavarme la cara, los dientes, de beber agua y humectar mis labios fueron lo que me mantuvieron sana. Esa rutina banal de quererse a uno mismo. Preparar el cuerpo para el descanso, fallido casi siempre, para despertar más completa, o más tranquila, o que quizás solo para despertar. Tomar medicinas, limpiar mis fosas nasales con agua de mar para no roncar y despertar a J. en el proceso. Los sudokus para agilizar la mente, la lectura para dormir con la imaginación y la limpieza de los lentes para quizás ver mejor los sueños. Ponerse la pijama para marcar que es de noche y que debe de haber cambio de actividad. Porque todo es eso ahora, actividad tras actividad todos los días, toda la vida. 

         Esas actividades banales me mantuvieron viva. Comencé a observar mi casa como un espacio permanente, como quizás los leones en los zoológicos comprenden que ese espacio de 4 por 4 será su casa por siempre. Dejé de verlo con odio, mi cama era ya más cómoda, las paredes ya no me sofocaban y ciertas plantas comenzaron a crecerme en los dedos de los pies. Mi existencia empezó a ser biológica, me desvivía de tierra en tierra, humectando el espacio, intentando vivir del acto fotosintético. Taladré mis talones en la tierra para enraizar mi existencia patética de enamórame del mundo, de mi pequeño mundo. Fui cediendo al espacio, le comencé a dar partes de mi cuerpo. Un lunes le cedí mi torso, un martes mis pies, el jueves mi cabeza y el domingo mi espalda.

         Al cederle ese espacio intimo a mi casa dejé de ser mujer, el hábitat me comió por completo y dejé de sentirme. Las actividades banales y el amor propio se fueron desvaneciendo de a poco. Cada día me confundía más con las paredes, las horas ya no eran horas y yo ya no era yo, pero seguía viva. El hábitat me buscaba para hacerme suya, el espacio y yo éramos cada vez más parecidos. Sin embargo, el amor hacia es espacio que despreciaba comenzaba a crecer como enfermedad, deslizándose por los rincones de mis viseras. Por fin cedí a ese espacio, y al hacerlo cedía a mi misma, pero aprendí a amar mi casa como un hábitat en donde comenzaré a buscarme de nuevo. 

Beatriz Manguen.

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